Don Localizote en su primer día de trabajo

En un lugar de Hamburgo, cuyo nombre es casi impronunciable por la acumulación de eses, ces y haches, no ha mucho tiempo que vivía un traductor de los de Trados en el portátil y diccionarios en la estantería. Nuevo era nuestro humilde héroe en las calles de aquella ciudad y vagaba asustado por las incomprensibles voces que resonaban a su alrededor. Había llegado para quedarse, pues una buena amiga suya lo había recomendado en la empresa de videojuegos para la que trabajaba como traductora y, tras haberle hecho una prueba y una entrevista por Skype, le habían pedido que se trasladara a Alemania para una segunda entrevista personal a la semana siguiente.

 

Aquella mañana, Don Localizote se levantó agitado, con un gusanillo en el estómago que no lo dejaba pensar con claridad. Tenía la entrevista personal con la jefa, de la cual no conocía más que la voz. Se vistió con sus mejores galas, compradas en Zara unos días antes, y partió sin demora acongojado por la rapidez con la que todo había sucedido y curioso por el desenlace que aquella entrevista podía tener en su vida.

 

El caso es que cuando llegó, todo resultó demasiado fácil: ya le tenían preparado el contrato y lo que iba a ser una entrevista fue más algo así como una presentación. También tenían ya listo un ordenador ante el que sentarse para empezar a aprender... "Ha sido un juego de niños... Algo tiene que salir mal.", pensó. Y dio en el clavo.

 

Llevaba ya un par de horas allí y como quince minutos traduciendo cuando, de repente y sin previo aviso, llegó una tarea con cinco palabras de un juego de piratas de cuyo nombre no quiero acordarme. "Esta es de las fáciles", volvió a pensar. Sin embargo, un sudor frío le recorrió la frente al leer la frase. Joven, inexperto y nervioso, por más que traducía la oración no le encontraba sentido. Una frase aislada, sin más, sin conocer nada del juego que tenía entre manos y sin nadie a quién poder preguntar...

Don Localizote no podía más con su desazón: ¡aquella frase hablaba de una bala que no pesaba! ¡Inaudito! ¿De qué estaba hecha? ¿De aire? En ningún momento se le pasó por la cabeza que podía ser una simple bala ligera y que, más importante aún, en el mundo fantástico de los piratas podía haber balas que no pesaran... e incluso balas de confeti (esto también es real). Sin duda, la palabra Gewicht debía de tener otro significado que él ignoraba. Consultó a Sor Langenscheidt y le pidió a San Google una respuesta, pero se ve que los había pillado en su pausa del café de las 11 y no le dieron ninguna solución satisfactoria.

Al final, nuestro intrépido héroe, tras mucho pensar y cosultar, eligió el "significado" de Gewicht que aparecía en el diccionario que "mejor le pareció" y que en realidad era el más erróneo que había podido elegir. 

 

Un tiempo más tarde, relajado, más seguro de sí mismo y tras haber traducido otros textos del susodicho juego y conocer un poco la mecánica, volvió sobre la frase y, de repente, todo cobró sentido antes sus ojos. Le dirigió una sonrisa de desdén a su yo de hacía unos días y, altanero, corrigió la aberración que aquel patán había escrito.

Cara de Don Localizote al descubrir su error
Cara de Don Localizote al descubrir su error

MORALEJA

 

La voy a resumir con un refrán la mar de conocido:

 

Más vale contexto en mano, que diccionarios volando.

 

Así que empresas, dad todo el contexto posible (nunca se da información de más, más bien casi siempre se da información de menos) y localizotes de bien, si Sor Langenscheidt y San Google no responden a vuestras plegarias, acudid al creador, al dios... a la empresa.

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